Obesidad Infantil
y Actividad Física regular: "No es la hamburguesa, chicos, es el
deporte".
La solución, pues, no es la dieta. Numerosos estudios
han advertido de la poca eficacia que tienen las modificaciones nutricionales
en la disminución de la obesidad a medio plazo, e incluso son cuestionadas en
periodos de crecimiento crítico.
"La escasa actividad física y deportiva escolar genera, más que la mala
alimentación, sobrepeso, obesidad infantil y riesgo de síndrome
metabólico", dice Gerardo Villa, médico del deporte y profesor en la
Universidad de León, que acaba de ser distinguido con el Premio Nacional de
Investigación en medicina del deporte por un trabajo sobre el asunto.
"Investigué con chavales de 11 a 13 años", dice Villa. "Los
dividí entre sedentarios (los que no hacían más ejercicio semanalmente que las
dos horas obligatorias de educación física), activos (cinco horas semanales) y
deportistas (los que practicaban deporte federado y competían: más de siete
horas semanales de actividad física). Los tres grupos comieron la misma comida
del comedor escolar, que les aportaba diariamente entre 2.000 y 2.100 calorías,
hipercalórica, porque supera las 1.800 calorías recomendadas. A las cuatro
semanas, los que realizaron cinco horas de ejercicio físico, a la misma intensidad
moderada, con un gasto energético de unas 200 calorías por sesión, mejoraron
sus indicadores de presión arterial, peso, índice de masa corporal y,
significativamente, redujeron la resistencia a la insulina".
En Estados Unidos sólo un tercio de los desplazamientos a escuelas situadas a
un kilómetro y medio (o menos) se hacen a pie o en bici, y ese porcentaje
desciende al 3% cuando el colegio dista tres kilómetros o más. Los niños son
más activos que los adultos, pero su grado de actividad física declina según se
acercan a la adolescencia.
Según datos del Ministerio de Sanidad, un 13,9% de la población de entre 2 y 24
años sufre obesidad (su índice de masa corporal, medida que toma en cuenta peso
y altura, es igual o superior al 95% del percentil que le corresponde), y un
26,3%, sobrepeso (85% del percentil).
En un informe de Pál Schmitt, eurodiputado popular y ex campeón olímpico
húngaro, para el Parlamento Europeo, se señala que el número de niños que
sufren obesidad o sobrepeso en Europa aumenta cada año en más de 400.000, que
se suman a los tres millones de niños obesos que hay en la actualidad. Uno de
cada cuatro menores padece sobrepeso en Europa. Su causa principal no es tanto
una dieta rica en calorías como la falta de actividad física: los niños no
comen más, se mueven menos. "Mientras la obesidad aumenta, disminuye el
número de horas dedicadas a la educación física en los colegios", concluye
Schmitt, quien, en sintonía con Villa, propugna más horas de educación física
obligatoria.
El problema no es estético. La preocupación no es sólo la corona de grasa que
adorna los abdómenes de cada vez más niños y niñas. "La obesidad es una
pandemia que se asocia a diabetes mellitus tipo 2 y a síndrome metabólico o de
resistencia a la insulina, el cual recientemente ha comenzado a describirse en
niños obesos", explica Villa. "Este síndrome se define como un
conjunto de alteraciones asociadas a un elevado riesgo de padecer enfermedad
cardiovascular y diabetes. En España, su prevalencia en niños y adolescentes
obesos es del 18%".
Todo lo malo empezó, quizás, hace 12.000 años.
Hace 45.000 años, el primer homo sapiens anatómicamente moderno era
cazador-recolector. Fuerte, fino, fibroso, se alimentaban de la carne que
cazaba el hombre y de los vegetales que recogían las mujeres. No consumía más
de lo que su cuerpo le pedía: proteínas, vitaminas, poca grasa, mucho ejercicio
físico. Vivía en un hermoso equilibrio fisiológico que dependía
obligatoriamente del movimiento. Hace 12.000 años, sin embargo, la humanidad, por
necesidad, por la sequía, por el agotamiento de la caza, por el crecimiento de
la población, se embarcó en un experimento llamado agricultura, y ni el ser
humano ni el planeta se han recuperado aún. La agricultura trajo consigo una
explosión demográfica, déficit de proteínas y vitaminas, exceso de calorías,
nuevas enfermedades y deforestación. La altura media de la población descendió
varios centímetros, perdieron músculo, ganaron grasa. Su cuerpo se resintió del
duro trabajo agrícola. Los dientes se les pudrían por la deficiente
alimentación. Los animales domesticados les contagiaron enfermedades
desconocidas.
La discordancia entre la rutina de inactividad de la sociedad sedentaria y el
movimiento de nuestros ancestros cazadores-recolectores está detrás de una gran
variedad de enfermedades degenerativas crónicas que afectan al hombre
contemporáneo. El homo sapiens cazador-recolector, donde quedó fijada la
fisiología del ser humano, tenía un gasto energético diario de 2.889
kilocalorías (1.605 para el metabolismo en reposo, 1.285 para actividad
física). Pesaba unos 57 kilos, por lo que su gasto energético en actividad
física llegaba a ser de 25 kilocalorías por kilo y por día. Un oficinista del
siglo XXI gasta 2.000, de las cuales sólo 306 son producto de la actividad
física diaria, unas míseras 4,4 kilocalorías por kilo y por día. Para igualar
el gasto de los cazadores recolectores, y calculándole un peso medio de 70
kilos, el hombre actual debería correr diariamente 12,1 kilómetros durante una
hora, lo que equivale a un gasto de 888 kilocalorías.
Aunque los estilos de vida han cambiado casi inconcebiblemente desde la
revolución agrícola y la más reciente revolución industrial, nuestras
capacidades, limitaciones y necesidades físicas siguen siendo las mismas que
las determinadas por la selección natural en nuestros ancestros de la edad de
piedra. Cuanto más nos alejemos de ellas, más enfermedad y disfunción nos
esperan.
En un estudio longitudinal de José Antonio Calbet en Gran Canaria, se muestra
cómo los niños que practicaron deporte extraescolar durante tres horas a la
semana los tres años del estudio incrementaron su masa corporal en menor medida
que los que no. Todos los sujetos que participaron en el estudio comieron
libremente durante los tres años que duró. Ambos grupos tenían edades, pesos,
alturas e índice de masa corporal similares. También eran similares las
circunferencias corporales, excepto las caderas y la cintura, mayores en los
que no practicaron deporte extraescolar. Incluso en los físicamente activos, la
grasa iliaca y abdominal tendía a disminuir, mientras crecía en los otros.
"Fui a una clase de 'gimnasia' de mi hija y tocaba aprender voleibol. En
toda la hora no se movió de su sitio". Las clases de Educación Física
escolar son insuficientes en duración, frecuencia e intensidad para impedir la
tendencia al sobrepeso, obesidad y resistencia a la insulina, recalca Villa. Y
añade que multiplicar por 2-3 veces tanto su frecuencia como intensidad es un
factor per se efectivo para combatir la obesidad infantil y evitar el síndrome
metabólico y sus riesgos cardiovasculares.
"Incrementar las horas de Educación Física hasta cinco a la semana es la
mejor estrategia para prevenir o tratar la obesidad infantil", repite
Villa. "Un enfoque sanitario médico-deportivo (control del gasto
energético propio de cada actividad física deportiva) podría resultar esencial
para controlar y acotar la epidemia. En este sentido se debería integrar al
médico del deporte en equipos multidisciplinares de trabajo, en los que además
hubiera control nutricional".
Dr. Gerardo Villa Vicente
Publicado en "Diario El País", 12/02/2008.
www.elpais.com/articulo/sociedad/hamburguesa/ninos/deporte/elpepusoc/20080212elpepisoc_1/Tes
ACTIVIDADES DE
ESCRITURA E INVESTIGACIÓN:
1.ESCRIBE TU OPINIÓN
SOBRE EL ARTÍCULO EN 10-15 LÍNEAS.
2.¿CONSIDERAS
ADECUADAS 2 HORAS DE EDUCACIÓN FÍSICA A LA SEMANA O SERÍA NECESARIA ALGUNA
MÁS?.